Hay una vieja frase que decía: “Lo importante no es poseer las cosas, sino disfrutarlas.” Debía de estar escrita por alguien que nunca ha visto cómo le desaparece una película o un juego que había pagado.
La última noticia relacionada con PlayStation es de esas que deberían venir acompañadas de una bofetada y una factura. Primero llegó el lector de discos opcional. Después empezamos a escuchar que el formato físico era cosa del pasado. Y ahora resulta que las películas compradas en PlayStation también pueden desaparecer de tu biblioteca por cuestiones de licencias.
Qué maravilla. El futuro.
Resulta que llevamos veinte años escuchando que el formato digital es más cómodo. Y es verdad. No tienes que levantarte del sofá, no cambias discos y puedes comprar un juego a las tres de la mañana mientras tomas una pizza fría y cuestionas tus decisiones vitales. Lo que nadie te explicó con suficiente claridad es que comodidad no significa propiedad.
Porque cuando compras un Blu-ray, el disco es tuyo. Si dentro de veinte años quieres verlo en un reproductor viejo mientras recuerdas tiempos mejores, puedes hacerlo. Cuando compras una película digital, aparentemente compras el derecho a cruzar los dedos para que nadie cambie un contrato.
Es una diferencia bastante importante. Es como comprar una casa y que un día el constructor aparezca diciendo:
—Perdone, hemos perdido los derechos de su salón. A partir del martes ya no puede entrar.
Ridículo, ¿verdad? Pues exactamente eso ocurre con el contenido digital. Y algunos todavía lo defienden.
Claro que siempre aparece alguien diciendo: “Pero eso solo pasa con las películas”. Claro. Y el Titanic solo chocó una vez.La cuestión nunca fueron las películas. Las películas simplemente son el ensayo general. El verdadero plato fuerte son los videojuegos.
Porque la industria lleva años intentando convencernos de que el formato físico es incómodo, caro, anticuado y poco ecológico. Qué casualidad que todas esas ventajas coincidan exactamente con un modelo donde el fabricante controla absolutamente todo.
Con un disco físico puedes venderlo, prestarlo, comprarlo de segunda mano, coleccionarlo, jugar sin pedir permiso a nadie y encontrar una copia dentro de treinta años en un mercadillo. Con una licencia digital puedes esperar que los servidores sigan abiertos, confiar en que nadie cambie las condiciones, rezar para que la cuenta no tenga problemas y asumir que, técnicamente, nunca fue tuyo.
Es fascinante. La industria consiguió que millones de personas dejaran de comprar objetos para empezar a alquilar indefinidamente… pagando el mismo precio. Marketing de diez.
Lo más divertido es el discurso oficial. Nos dicen que el formato físico está muerto, que fabricar discos es caro, que las cajas ocupan espacio y que todo es más eficiente en digital. Sin embargo, cuando sale una edición coleccionista de 250 euros con una estatua de metro y medio, un mapa de tela, un libro de arte, una caja metálica, un llavero, un casco, un dado de seis caras y una réplica de una cuchara medieval… ahí sí que el plástico deja de contaminar. Curioso.
El sueño de cualquier empresa no es venderte un producto. Es venderte algo que nunca puedas controlar. Que no puedas prestar, revender, conservar, reparar ni heredar. Y que, si un día deciden retirarlo, encima tengas que aceptar los nuevos términos y condiciones para seguir usando lo que ya habías pagado.
Es el equivalente digital de comprar un coche cuyo fabricante pueda venir por la noche y llevarse el volante porque ha cambiado el contrato.
Luego está la famosa nube. Ese lugar mágico donde aparentemente viven nuestros juegos, nuestras películas y las fotos de las vacaciones. La nube no es un sitio. Es el ordenador de otra persona. Y esa otra persona pone las normas. Si mañana cambia una licencia, cierra un servicio o decide que cierto contenido ya no está disponible, tú no protestas como propietario. Protestas como usuario. Es una diferencia enorme.
Lo más brillante de todo esto es que seguimos diciendo: “He comprado un juego”. “He comprado una película”. No. Has comprado una licencia de uso bajo determinadas condiciones que pueden cambiar. Suena bastante menos romántico, así que el marketing decidió llamarlo “Comprar”. Y nosotros encantados.
Nos dijeron que el futuro sería más cómodo. Y sí, es comodísimo. Tan cómodo que un día abres tu biblioteca y descubres que parte de ella ya no existe. Sin moverte del sofá.
Porque el verdadero problema nunca fue si el formato físico era antiguo. El verdadero problema era que el formato físico te daba algo peligrosísimo para ciertas empresas: la propiedad. Y cuando algo es realmente tuyo, nadie puede pulsar un botón para quitártelo.
Quizá por eso algunos seguimos llenando estanterías de cajas, discos y cartuchos. No porque odiemos la tecnología, sino porque nos gusta esa extravagante costumbre de que, cuando pagamos por algo, siga siendo nuestro incluso mañana.
Qué concepto tan revolucionario.