El cine es un arte pero también es un negocio y en ese equilibrio muchas veces la creatividad se sacrifica en favor de la repetición de fórmulas probadas, algo patente en estos tiempos. Quedando evidente en nuestras carteleras a través del números en los títulos de las películas. Especialmente este año en el que ninguna de las películas mas taquilleras ha sido una idea original, todas han sido segundas, terceras o incluso cuartas partes.
En las décadas anteriores a los 70 y 80 las secuelas solían adoptar títulos completamente nuevos, incluso si continuaban directamente la historia de su predecesora. Esto respondía tanto a decisiones de marketing como a un intento por dar a las películas una apariencia de autonomía.
Un ejemplo destacado es la serie de películas de Drácula producida por Hammer Films entre las décadas de 1950 y 1970. Tras el éxito de *Drácula* (1958), dirigida por Terence Fisher y protagonizada por Christopher Lee, las secuelas recibieron títulos distintivos como *Las novias de Drácula* (1960), *Drácula: Príncipe de las tinieblas* (1966) y *Drácula ha vuelto de la tumba* (1968). A pesar de formar parte de la misma franquicia, cada entrega se presentaba con un título que evocaba frescura y misterio, atrayendo al público con la promesa de una nueva experiencia. Esta estrategia permitía a los cineastas destacar elementos únicos de cada película, incluso si seguían explorando la figura del conde vampírico, haciendo que las películas funcionaran de forma independiente.
El lanzamiento de *El Padrino: Parte II* marcó un hito en esta tradición. La decisión de Francis Ford Coppola de incluir “Parte II” en el título tenía un propósito claro: destacar la naturaleza directa de la secuela como una extensión del filme original. En lugar de un nuevo capítulo independiente, Coppola creó una obra que funcionaba como una continuación y, al mismo tiempo, un complemento narrativo de la primera película. Esto rompió con la convención de los títulos completamente nuevos y sentó un precedente para el cine contemporáneo.
Sin embargo, lo que fue un acto creativo y significativo, pronto se convirtió en un recurso funcional más que artístico. Numerar las películas simplificaba la estrategia de marketing, garantizando que las audiencias pudieran identificar fácilmente la conexión con el filme original. Pero con el tiempo, este recurso perdió su peso simbólico y pasó a ser un reflejo de un sistema cinematográfico que, con demasiada frecuencia, prioriza el éxito comercial sobre la innovación narrativa.
En contraste, el uso del número “2” (o “3”, “4” y así sucesivamente) a menudo da la impresión de que la película no tiene suficiente identidad propia para ser reconocida fuera del marco de la franquicia. Esta tendencia refleja un problema más amplio: la repetición de fórmulas y la dependencia de marcas establecidas en lugar de apostar por ideas nuevas.
El uso de números no es el problema en sí mismo, sino lo que simboliza: una industria cada vez más enfocada en explotar franquicias que garantizan ingresos seguros, dejando de lado la experimentación. Secuelas como Fast and Furious 2, que ya van por la décima parte, o productos de Disney como Toy Story o Del Reves, el universo de Marvel con Iron Man, Thor, Capitan America ofrecen más de lo mismo que sus predecesoras, en lugar de asumir riesgos narrativos o explorar territorios inéditos.
Si bien hay excepciones, como Mad Max: Fury Road (2015), que optó por un título que evitaba los números y prometía una experiencia diferente, la mayoría de las secuelas se sienten atrapadas en el ciclo de expandir universos narrativos sin realmente innovar. En muchos casos, el «número 2» (o cualquier cifra posterior) termina funcionando como una etiqueta para el reciclaje de ideas, en lugar de representar un verdadero avance en la narrativa y peor aun generando la dependencia de las películas anteriores impidiendo que la película funcione por si misma, obligando al espectador a ir con los deberes hechos al cine.
El legado de El Padrino: Parte II es innegable, pero su impacto también marcó el inicio de una tendencia que, en muchos casos, ha contribuido a la estandarización del cine comercial. Lo que comenzó como una elección creativa y simbólica ha derivado, con demasiada frecuencia, en un recurso genérico que refleja la ausencia de ideas frescas tanto en los títulos como en las películas.