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Arqueología de videojuegos: mis clásicos.

Desde hace años llevo una doble vida, de día trabajo, cojo el metro y me dispongo a ir a trabajar. Pero de noche vivo una vida de exaltación, palpitaciones y adrenalina. Dicha sea la verdad, una vida de dudosa virtud, no lo negare. Me he visto envuelto por la violencia, incluso la he disfrutado. He mutilado y matado enemigos y no solo en defensa propia. He mostrado una indiferencia total hacia la vida, la integridad física y la propiedad y he saboreado cada instante. 
Al verme jamás pensarías que he dirigido ejércitos, que he conquistado mundos, aunque para lograrlo he dejado a un lado la moralidad. No me arrepiento porque, aunque he llevado una doble vida, al menos yo sí puedo decir que he vivido.

Este texto, que corresponde a uno de los mejores anuncios de videojuegos en televisión, el de la primera PlayStation, es más o menos un reflejo de mis tardes o noches. Desde que tengo uso de razón siempre he tenido una cruceta y unos botones bajo mis pulgares. La primera vez, hace unos 30 años, eran unos dedos pequeños pulsando los botones de una pequeña maquina LCD de marcianitos, la última vez fue hace unas horas con unos pulgares un poco más grandes y más viejos en el mando de una PlayStation4.

 Durante esas horas de disparos, saltos y carreras me encontré con varios juegos que dejaron un muy buen recuerdo en mi mente. Juegos que recuerdo con cariño y de vez en cuando en momentos de nostalgia vuelvo a revisitar una y otra vez. Lee el resto de esta entrada

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Polybius, la leyenda urbana de los videojuegos

Antes de la era de internet, de las consolas de sobremesa y de los pinganillos para hablar mientras juegas al último Call of Duty el juego cooperativo se trataba de una forma muy diferente. Hoy en día abres una sesión en el Xbox Live y le envías un mensaje a tu amigo para ver si quiere echarse una partida. Hace años, cogías el teléfono, marcabas el número de la casa de tu amigo en el disco del teléfono, decías a su madre que te lo pasara y quedabas con él en la esquina para ir a la sala o a los recreativos a echarte unas partidas.

Había dos tipos de salas, las de centro comercial con un montón de maquinas nuevas con luces brillantes, bolera y con un aspecto reluciente. Por otro lado teníamos las salas con solera, las de barrio, aquellas que eran un lugar oscuro y siniestro con olor a tabaco. De esas en las que te decía tu abuela cuando pasabas por delante que no tenías que entrar. Pero llegaba la edad del pavo y de salir por las tardes “a dar una vuelta” y casi siempre acababas en la sala que estaba más cerca de tu colegio o instituto. En mi caso mi sala era de las segundas, de las oscuras tipo antro, pero que me dejo muy buenos recuerdos.

La fauna de las salas de videojuegos era de lo más variopinta, pero siempre era la misma en cualquier sala que entraras. Primero tenias al encargado, al que se referían por un mote particular, el de mi sala era “Bigotes”, que era el que te daba el cambio de la caja que tenia detrás del mostrador, te vendía patatitas y refrescos o venia a desenganchar la bola de los petacos que se había quedado enganchada o cuando la maquina te tragaba cinco duros.

Luego teníamos a los jugadores, el profesional, era un chaval mayor que congregaba cientos de mirones cada vez que jugaba, casi siempre fumaba y dejaba el piti en el cenicero de la maquina. Uno de los más odiados era el cansino, que estaba todo el día diciéndote “deja que te pase yo esta pantalla” o diciéndote que cosas tenias que coger o hacer en cada juego. Teníamos también al tirao, que siempre estaba pidiéndote que le dejaras cinco duros para echar una partida, que en mi sala era un chaval bastante entrañable.

En mi época teníamos el Street Fighter, el Puzzle Bobble (el favorito de las chicas), Spinmaster, Metal Slug, Cadillacs&Dinosaurs, Ghost’n’Goblins… Pero de entre todas esas maquinas había una que se hizo famosa por las terribles consecuencias que acarreaba jugar al juego que contenía: Polybius. Lee el resto de esta entrada